Era de noche.
Una noche sin luna. Oscura, pesada, silenciosa como si el mundo entero se hubiera detenido a observar el fin de una historia maldita.
Mientras en una mansión alejada del bullicio, Alanna y Leonardo dormían juntos por primera vez en años con la serenidad de quien ha cerrado cada herida, a cientos de kilómetros, Miguel Sinisterra descendía de un vehículo blindado, con las muñecas atadas y el rostro cubierto de sudor frío.
—Camina —le ordenó un hombre con la voz seca, vestido con una