La noche había caído lentamente sobre la ciudad, cubriéndola con un velo de silencio sereno. En la mansión Salvatore, el ajetreo del día se había apagado como una llama cansada. Solo quedaban algunas luces suaves encendidas, el aroma a té de jazmín y el murmullo lejano del viento acariciando las cortinas.
Alanna se apoyó en el marco del ventanal, con una copa de vino entre los dedos. Su mirada, perdida en la negrura del jardín, no buscaba nada en particular. Solo descanso. Solo respirar. Solo p