Lucia
Desciende lentamente, boca a boca, aliento a aliento, con esa precisión casi desgarradora de un hombre que ya no busca poseer sino sondear, inscribir en mi carne verdades más antiguas que la memoria, más profundas que el nombre y cada roce de sus labios es una nota larga, grave, enrollada alrededor de mis nervios, una vibración que me dilata desde dentro, me vuelve porosa, disponible, lista.
Explora, vuelve, insiste, sin urgencia, sin propósito, como si ya me conociera pero aun así quisiera reaprenderlo todo, verificarlo todo, retocarlo todo, como si necesitara que mi cuerpo le confirmara lo que mi boca aún se niega a decir y a cada pasada de su lengua, una parte entera de mi silencio se agrieta.
Retengo el aliento, pero es inútil.
Estoy abierta, ofrecida, desgarrada entre dos silencios: el de antes, frío, superficial, y el que viene, cálido, íntimo, abisal, y sé que estoy a punto de caer en este segundo mundo, aquel en el que el cuerpo habla en lugar del pensamiento, en el que l