Lucia
Casi no había dormido. O al menos, nada que se le asemejara verdaderamente. Me había quedado allí, acostada, mirando el techo de una habitación ajena, en una casa erguida sobre las ruinas de la mentira. Las paredes exhalaban un olor tenaz a polvo, a humedad antigua y a silencio. Pero no un silencio apacible, no. Ese se infiltraba en los poros, cubría los pensamientos con un velo pesado y viscoso, hasta entumecerlos.
Conocía esos lugares. Demasiado bien. Llevaban la huella de las fugas