Armyn avanzaba por el bosque con paso firme, aunque cada crujido bajo sus botas le recordaba que la montaña no perdonaba el cansancio. Las ramas se mecían, susurrando advertencias que el viento arrastraba entre los árboles. Su loba interior estaba alerta, vigilante, inquieta desde que habían iniciado el ascenso.
A su lado, Riven caminaba despacio, como si cada paso fuera una ofensa al silencio sagrado del territorio que pisaban. No había rastro de su arrogancia habitual, pero eso no le impedía h