Armyn quiso negarse. Quiso ordenar a su cuerpo que se apartara, que resistiera, que no respondiera al llamado salvaje de su mate. Pero su loba interior rugió dentro de ella, desafiándola, exigiendo lo que la mente rechazaba.
Era como si dos voluntades se enfrentaran en su interior: la mujer herida que aún guardaba rencores… y la loba que reconocía, sin dudas, al único macho capaz de domarla.
Riven no le dio tiempo para pensar. La tomó con fuerza, levantándola a horcajadas sobre sus caderas.
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