A lo lejos, un aullido débil rasgó el silencio del bosque como una llamada desesperada.
Armyn clavó los ojos en la penumbra y, antes de pensar, su loba interior —Astrea— gruñó con la voz de la sangre.
—¡Es él! —exclamó la loba en lo profundo de su pecho.
El olor del bosque cambió de repente bajo sus patas: miedo, sucio y punzante, y algo más, más oscuro, un rastro que no podía confundirse. Sangre.
Sin mirar atrás, corrió. Su corazón latía tan fuerte que pensó que lo escucharía todo el reino; el