—¿Armyn? —la voz de Riven cortó el aire como un hierro frío.
Ella se giró despacio.
Sus ojos se encontraron con los de él y todo el ruido del patio pareció apagarse.
Sí, era él: Riven, de nuevo, frente a su rostro, con la línea dura del alfa dibujada en la mandíbula y el lobo interior luchando por salir.
Riven sintió aquel rugido profundo en el pecho, un llamado antiguo que creía enterrado.
Por instinto, la sangre le palpitó en las venas; su lobo le recordó con brutal sinceridad lo que sus senti