Cuando Mahina abrió los ojos, lo primero que percibió no fue la luz ni el techo desconocido sobre su cabeza, sino el olor.
Un olor espeso, dominante, antinatural.
No pertenecía a la habitación, ni al bosque, ni siquiera a la manada. Era un aroma cargado de posesión, de sangre contenida y poder torcido. Le quemó la nariz y le despertó un instinto primario que gritaba peligro.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente.
El corazón le dio un vuelco violento, golpeándole el pecho con tanta fuerza que c