Cinco años después.
El salón del trono se hallaba en penumbra, iluminado apenas por las antorchas que ardían con un fuego azul.
El aire olía a hierro, a ceniza y a poder contenido. S
entada en el trono, la Reina Alfa observaba en silencio el mapa extendido frente a ella: cada territorio marcado con trazos rojos, cicatrices de una guerra que jamás olvidaría.
Armyn, la Reina Ígnea, mantenía su semblante sereno, aunque por dentro ardía una tormenta.
El único que conocía su verdadera identidad era A