Mahina miró a Dyamon con un temor que le oprimía el pecho, un peso que la dejaba sin aliento y le hacía temblar hasta los dedos.
Las palabras se le atascaban en la garganta, como si nombrar sus miedos pudiera convertirlos en realidad.
“No quiero que Dyamon sufra… no por mi culpa”, pensó, mientras un nudo ardiente se formaba en su pecho y le quemaba las costillas.
La sensación de impotencia la paralizaba, una mezcla de amor y miedo que amenazaba con derrumbarla. Su loba interior se agitó, rugiend