Al día siguiente, la luz del amanecer se colaba por los ventanales del castillo, bañando la habitación con tonos dorados que parecían acariciar cada rincón. Mahina abrió lentamente los ojos, sintiendo un calor diferente recorrer su cuerpo, un temblor profundo que no podía ignorar.
Allí, a su lado, Dyamon dormía con una serenidad que la envidiaba, su respiración acompasada como un susurro de la luna.
Pero dentro de ella, su loba interior ronroneaba con fuerza, un sonido que apenas lograba contene