Riven dio un paso al frente, su pecho subía y bajaba con violencia. La pregunta le salió ahogada, casi como un ruego que llevaba años encerrado en su garganta.
—¿Es mi hijo, Armyn?
Armyn sintió que el mundo entero la estrechaba. Su lengua se volvió pesada, su respiración se cortó. Era como si una mano invisible le oprimiera la voz. No podía hablar… pero tampoco podía seguir callando.
Luna Phoebe, recostada aún, pero con los ojos más lúcidos que nunca, intervino antes que ella.
—Es tu hijo —dijo