—¡Riven, tengo que encontrar a mi cachorro! ¡Es mi hijo, mi bebé! —La voz de Armyn se quebró en un grito desgarrador mientras caía de rodillas sobre la tierra húmeda. Su cuerpo aún vibraba por el cambio súbito de forma; la piel humana aparecía salpicada de sudor y sangre, y su respiración era entrecortada, desesperada.
Riven corrió hacia ella, dejando atrás el caos que rugía entre los árboles. La envolvió en sus brazos con fuerza, cubriéndola con una bata de piel suave para protegerla del frío.