Armyn abrazó a su hijo con tanta fuerza que casi pudo sentir cómo los latidos del pequeño trataban de sincronizarse con los suyos. Necesitaba sentirlo, olerlo, asegurarse de que seguía vivo, cálido, a salvo. Solo entonces levantó la vista y vio a aquella mujer alejarse por el pasillo. Su figura se desdibujaba entre las sombras como un mal presagio, como si la oscuridad misma la reclamara. Algo en el instinto de madre-loba de Armyn gritó que nada bueno estaba por venir.
Apenas unos segundos despu