Al día siguiente, los rumores se propagaron como fuego entre la hierba seca. No avanzaban despacio; corrían impulsados por la curiosidad, el miedo y el morbo.
Saltaron de manada en manada, deformándose con cada lengua que los pronunciaba, creciendo en crueldad, volviéndose más oscuros a medida que eran repetidos.
Para cuando alcanzaron los límites de Roca Fuego, ya no eran simples susurros ni especulaciones imprudentes: se habían convertido en verdades asumidas, aceptadas como un hecho innegable