Al día siguiente, el amanecer no trajo paz.
El cielo aún estaba teñido de un gris pálido cuando Armyn tomó la decisión que le desgarraba el pecho. No hubo ceremonia. No hubo despedidas largas. Solo una determinación fría nacida del dolor y de la necesidad de proteger lo único que le quedaba intacto.
Su hijo.
El pequeño dormía profundamente entre sus brazos, ajeno al caos que había marcado su nacimiento, ajeno a la guerra silenciosa entre dos almas destinadas que ahora caminaban en direcciones op