Mahina estaba en su habitación, envuelta en la quietud de la tarde, cuando le trajeron un té recién hecho y la peinaron con delicadeza.
Sus cabellos caían en ondas suaves, y cada movimiento de los dedos de la doncella parecía despertar recuerdos antiguos en su mente, imágenes de otras vidas, de otras luchas y victorias. Mahina hizo una seña con la mano, suave, pero firme, y las sirvientas salieron dejando un silencio pesado tras de sí, un silencio que no era incómodo, sino cargado de expectación