Mahina se detuvo en el gran salón de su castillo, respirando hondo mientras la luz del amanecer se filtraba por los vitrales, pintando el piso de mármol con reflejos dorados y carmesí. El aire estaba cargado de una mezcla de aromas: incienso, madera antigua y la fragancia de su propio perfume, un olor que siempre parecía recordarle a su manada que, aunque fuese reina, seguía siendo loba antes que nada.
Con paso firme, se adelantó unos pasos y llamó a su beta. Su voz, clara y segura, resonó por e