Esa tarde, el Alfa tomó una decisión que hizo crujir los cimientos del palacio y estremeció a toda la manada.
Ordenó liberar a la Luna Mahina.
La orden no fue anunciada con trompetas ni ceremonias. Bastó una frase seca, pronunciada con autoridad absoluta, para que el aire se volviera pesado. Consejeros, ancianos y guardias intercambiaron miradas tensas, cargadas de temor y resentimiento. Nadie se atrevió a cuestionarlo en voz alta, pero el miedo comenzó a deslizarse entre ellos como un veneno si