Tres días habían pasado desde que Mahina había sido encerrada.
Tres días de silencio absoluto, de aislamiento brutal, de hambre y sed que mordían sus entrañas y de la fría soledad que envolvía cada pared de la pequeña celda.
La Luna estaba incomunicada, sin agua, sin comida, sin contacto con el mundo exterior, y el Alfa Dyrhan esperaba noticias con una mezcla de impaciencia y satisfacción contenida. Cada tic del reloj era una promesa: por fin, pensaba él, Mahina caería.
“Además —murmuró para sí