Mara seguía allí. Sentada en la misma silla donde Joaquín se sentaba cada vez que venía a ver a su abuelo. La misma silla de siempre. El mismo lugar. La misma mano del anciano entre las suyas. Pero todo era diferente ahora. Porque ya no quedaban lágrimas en sus ojos. Se habían secado en sus mejillas horas atrás, dejando solo rastros brillantes y una piel cansada, marcada por el dolor. Su cuerpo ya no temblaba. Había llorado todo lo que podía llorar. Ahora solo estaba vacía. Un caparazón de muje