La luz de la mañana entraba por los ventanales, suave y dorada, filtrándose a través de las cortinas de lino blanco que apenas se movían con la brisa. El sol de la ciudad comenzaba a calentar, pero dentro de la habitación todo estaba en calma. Solo se escuchaba la respiración pausada de dos cuerpos que aún descansaban, enredados entre las sábanas blancas.
Mara abrió los ojos lentamente. Parpadeó. El techo alto, las vigas de madera, la lámpara de diseño. Todo era igual. Pero todo era diferente.