La tarde cayó sobre la pista como un manto de oro y fuego. El sol, ya bajo, pintaba el cielo de tonos naranjas y violetas, creando un escenario casi irreal para lo que estaba por suceder. El rugido de los motores llenaba el aire, mezclándose con los gritos de los apostadores y el olor a gasolina y asfalto caliente. Las luces de neón comenzaban a encenderse, anunciando que la noche estaba cerca.
Joaquín estacionó el BMW en la zona reservada para los corredores. Apagó el motor. El silencio dentro