La cocina estaba en silencio. Los platos ya estaban limpios, los cubiertos ordenados, la encimera reluciente. Solo quedaba el aroma de la cena y el eco de las risas que habían compartido mientras limpiaban el desastre que ella había hecho. El agua aún goteaba del grifo, un sonido rítmico, casi hipnótico, que marcaba el paso del tiempo.
Joaquín la miró. Estaba apoyada contra la isla de mármol, con las manos húmedas, el cabello suelto cayendo sobre sus hombros, los ojos brillantes por la risa que