Joaquín cruzó el umbral de la habitación como quien camina sobre el filo de un cuchillo. Cada paso era un esfuerzo, cada centímetro que avanzaba hacia la cama de su abuelo era un suspiro contenido, una emoción que amenazaba con desbordarse. Cinco años. Cinco largos años de espera, de noches enteras sentado en esa misma silla, hablando con un hombre que no podía responderle, contándole sus triunfos y sus fracasos, sus alegrías y sus penas, con la esperanza de que algún día, tal vez, sus palabras