El teléfono sonó una vez. Dos veces. Tres veces. Joaquín estaba en su oficina, revisando unos documentos, cuando vio el nombre de Mara iluminarse en la pantalla. Respondió al cuarto tono, con la voz tranquila pero atenta.
—¿Mara? ¿Qué pasó?
Del otro lado, no fue la voz de Mara la que respondió. Era otra. Más aguda. Más falsa. Más venenosa.
—No soy Mara, Joaquín. Soy Hanny. Su prima.
Joaquín apretó la mandíbula. El nombre de Hanny le producía el mismo efecto que una astilla clavada bajo la piel.