El sol apenas comenzaba a asomarse por el horizonte cuando la mansión de los Rivas despertó. La luz dorada se filtraba por las ventanas, pintando las paredes de tonos cálidos. Los pájaros cantaban en los jardines. El mundo parecía haber amanecido más bonito ese día. Era el día de la boda.
En la habitación de Mara, un ejército de profesionales la rodeaba. La estilista del cabello, una mujer de manos ágiles y sonrisa tranquila, peinaba sus largos cabellos negros en un elaborado recogido con ondas