Mara bajó las escaleras de la mansión con el alma hecha pedazos. Su cara estaba roja, los ojos hinchados de tanto llorar, las mejillas brillantes por las lágrimas que aún no terminaban de secarse. El vestido destrozado quedó atrás, en el suelo de su habitación, como un símbolo de todo lo que habían querido destruir. Cada paso que daba era un esfuerzo. Las piernas le temblaban. El corazón le latía con fuerza, pero no de emoción. De rabia. De una rabia contenida que llevaba años guardando y que a