Mundo de ficçãoIniciar sessãoSINOPSIS La boda más importante de su carrera se convirtió en su peor pesadilla. Paula Reyes llegó con la esperanza de salvar su estudio fotográfico de la quiebra. Pero el novio desapareció minutos antes de la ceremonia. Y ella encontró la nota. Andrés Córdova, el hermano del fugitivo, la descubrió con el mensaje. Pero no la despidió. Le hizo una propuesta imposible de rechazar, fingir ser su pareja durante un año, a cambio, una fortuna. La abuela de Andrés se está muriendo y su último deseo es verlo feliz. El escándalo debe ocultarse. Paula aceptó, las reglas fueron claras, nada de enamorarse, ni de preguntas sobre Álvaro. Pero cuando se mudó a la mansión familiar, las caricias fingidas comenzaron a sentirse reales, los secretos comenzaron a salir a la luz, y lo que empezó como una mentira se convirtió en una trampa mortal. Ahora, alguien quiere silenciarlos y el amor que nunca debió nacer puede ser su única salvación… o su condena.
Ler maisLas bodas son peligrosas, no por los vestidos caros, ni por las flores, ni siquiera por las familias que discuten en voz baja creyendo que nadie las escucha.
Las bodas son peligrosas porque están llenas de expectativas y las expectativas son exactamente lo que más puede romperse fácilmente.
Mi teléfono vibró dentro del bolsillo de mi chaqueta, no necesitaba mirar la pantalla para saber quién era, aun así, lo hice, era el señor Romero, otra vez.
El propietario del local donde funcionaba mi estudio fotográfico había convertido mi número en su pasatiempo favorito, respiré profundamente antes de rechazar la llamada, dos meses, retrasada con el alquiler e intentando convencerlo de que necesitaba un poco más de tiempo.
Dos meses despertándome cada mañana con la sensación de que el suelo bajo mis pies podría tragarme en cualquier momento.
No era una sensación agradable, menos cuando aquel estudio era lo único que realmente había construido por mí misma mi teléfono volvió a vibrar, esta vez era un mensaje.
"Necesito una respuesta hoy."
Perfecto, justo lo que necesitaba leer antes de comenzar el trabajo más importante de toda la temporada, guardé el teléfono, no podía permitirme pensar en eso ahora.
No cuando tenía una boda que fotografiar, ni cuando aquel contrato podía significar nuevos clientes, nuevas recomendaciones y quizás la diferencia entre mantener mi negocio abierto o perderlo para siempre.
—Paula.
Levanté la vista, Martina caminaba hacia mí cargando una cámara de respaldo.
—Dime que no estabas revisando otra vez los mensajes del propietario.
Le dediqué una sonrisa inocente.
—No estaba revisando los mensajes del propietario.
—Mentira.
—Tal vez una pequeña mentira.
Ella negó con la cabeza.
—Todo va a salir bien.
—Eso espero.
—No, todo va a salir bien porque eres buena en lo que haces.
Sonreí, Martina tenía la costumbre de creer en mí incluso cuando yo misma no lo hacía y a veces eso era exactamente lo que necesitaba.
—¿Lista? —preguntó.
Miré alrededor.
El lugar parecía sacado de una revista.
Flores blancas decoraban cada rincón, luces elegantes colgaban entre los árboles. Las mesas brillaban bajo el sol de la tarde, los músicos afinaban instrumentos cerca de la zona principal. Todo era absolutamente perfecto.
Y por experiencia sabía que cuando algo parecía demasiado perfecto, la vida encontraba una forma de complicarlo.
—Lista —respondí.
Ajusté la cámara y avancé hacia el jardín, el trabajo comenzó de inmediato, invitados llegando, familias saludándose, niños corriendo entre las mesas, abrazos, sonrisas y fotografías.
Aquello era lo que mejor sabía hacer, capturar momentos, congelar emociones, guardar recuerdos que otras personas conservarían durante años.
Era la razón por la que me había enamorado de la fotografía, porque una imagen podía contar una historia entera, a veces incluso una que nadie más veía, fue precisamente por eso que lo noté.
Un hombre caminaba solo por uno de los senderos laterales, traje oscuro, expresión demasiaciado sería para alguien que asistía a una boda.
Mientras los demás reían o conversaban, él parecía estar en otro lugar, como si una parte de él estuviera esperando algo, o mejor dicho temiendo algo.
Sin pensarlo demasiado, levanté la cámara, ajusté el enfoque.
Click.
La imagen quedó registrada, en ese mismo instante, levantó la cabeza.
Nuestros ojos se encontraron y algo extraño ocurrió, no apartó la mirada inmediatamente, tampoco sonrió, simplemente me observó.
Como si intentara descifrar quién era yo, bajé la cámara.
—¿Quién es?
Pregunté cuando Martina apareció a mi lado, ella siguió mi mirada.
—El hermano del novio.
—¿En serio?
—Sí.
—No parece alguien que esté disfrutando una boda.
Martina soltó una pequeña risa.
—Yo tampoco estaría disfrutándola si perteneciera a esa familia.
Fruncí el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Nada importante, ya sabes cómo son las familias ricas, problemas elegantes, miré nuevamente hacia el sendero.
El hombre seguía allí, observando a los invitados, el lugar, todo, como si estuviera esperando que algo saliera mal.
—¿Cómo se llama?
—Andrés.
Asentí distraídamente, Andrés, no sabía nada sobre él y probablemente nunca volvería a verlo después de aquella tarde.
Era solo otro invitado, otro rostro, otra fotografía, sin embargo, algo me decía que estaba equivocada, no tenía idea de cuánto.
La ceremonia debía comenzar en menos de una hora, los invitados ocupaban lentamente sus lugares, los organizadores revisaban detalles por última vez, todo avanzaba según el plan, al menos eso parecía.
Hasta que comenzaron los murmullos, al principio apenas los noté, un comentario aquí, una mirada preocupada allá, nada demasiado extraño.
Pero poco a poco comenzaron a multiplicarse, una organizadora caminó apresuradamente hacia el edificio principal.l, otra hizo una llamada telefónica, un hombre de traje discutía con alguien cerca de la entrada.
Y la tensión empezó a sentirse en el ambiente, guardé la cámara, algo estaba pasando y no era algo pequeño.
—Quédate aquí —dijo Martina.
—¿Por qué?
—Porque voy a averiguar qué está pasando.
Desapareció entre la multitud antes de que pudiera responder, me quedé quieta, observando el caos que comenzaba a extenderse como una mancha de aceite.
Los invitados empezaban a mirarse unos a otros. Algunos revisaban sus teléfonos, otros se acercaban a los organizadores con preguntas que nadie respondía.
Caminé lentamente hacia el edificio principal, no sabía qué buscaba, solo sabía que algo me empujaba a moverme.
El pasillo estaba vacío, las puertas de la habitación donde los novios se preparaban estaban entreabiertas, me acerqué con cuidado y entonces lo vi.
Un papel en el suelo, blanco y doblado, como si alguien lo hubiera dejado caer con prisa.
Me agaché y lo recogí, lo abrí, las palabras escritas a mano quemaron mis ojos.
"No me busquen, no pueden detenerlo, lo siento."
Mi corazón dio un vuelco.
—¿Qué es eso?
La voz llegó desde atrás, me giré.
Andrés Córdova estaba frente a mí, su mirada recorrió el papel que sostenía entre mis dedos y por primera vez en toda la tarde, vi algo real en sus ojos, miedo.
—Dámelo —dijo.
Su tono no admitía discusión.
—Estaba en el suelo —respondí—. Cerca de la puerta.
Él extendió la mano, temblorosa, un hombre que seguramente no temblaba nunca.
—Dámelo —repitió.
Se lo entregué, Andrés leyó la nota una vez, después otra, y otra.
Cada segundo que pasaba parecía endurecer más sus facciones, su mandíbula, los hombros, la mirada, todo en él se volvió rígido.
—¿Sabes qué significa? —pregunté.
No respondió de inmediato.
Doblando la hoja con precisión, guardó la carta en el bolsillo interior de su saco.
—No.
Me di cuenta que mentía, porque yo había aprendido a escanear a las personas, era mi trabajo y aquel hombre acababa de mentirme.
Antes de que pudiera insistir, varios familiares aparecieron al final del corredor, todos hablaban al mismo tiempo, parecían desesperados.
—No está en los jardines.
—Revisamos el estacionamiento.
—Su teléfono sigue apagado.
—Nadie lo vio salir.
Andrés cerró los ojos durante apenas un segundo cuando volvió a abrirlos, parecía incluso más cansado.
—Busquen otra vez.
—Andrés…
—Otra vez.
Nadie discutió, nadie protestó, simplemente obedecieron y aquello me llamó la atención.
No porque levantara la voz, sino porque no necesitaba hacerlo, era el tipo de hombre al que la gente escuchaba, y no estaba segura de si eso me gustaba o me preocupaba.
Los rumores comenzaron a extenderse rápidamente, los invitados seguían sentados, pero ya nadie prestaba atención a la decoración, ni a la música, ni a las flores.
Todo el mundo hablaba de lo mismo, el novio había desaparecido. Tomé varias fotografías por simple reflejo profesional.
Aunque ya no sabía si aquellas imágenes servirían para algo, una boda debía registrar recuerdos felices, no un desastre.
—¿Crees que escapó?
Martina apareció junto a mí.
—No lo sé.
—Porque la gente ya empezó a decirlo.
Miré alrededor, tenía razón, los murmullos crecían cada minuto, los teléfonos aparecían por todas partes, las expresiones preocupadas también.
—Tal vez ocurrió otra cosa.
—¿Como qué?
No supe responder.
Porque cuanto más pensaba en aquella carta, menos sentido encontraba.
"No me busquen."
No sonaba como un hombre que simplemente había cambiado de opinión, sino como alguien que estaba huyendo, una puerta se abrió al fondo del corredor.
Todas las conversaciones se apagaron, la novia apareció acompañada por dos mujeres y el corazón se me encogió.
Horas antes la había fotografiado sonriendo frente al espejo, ahora parecía una persona completamente diferente.
Los ojos enrojecidos, las manos temblorosas, el maquillaje arruinado por las lágrimas, caminó varios pasos antes de detenerse.
Buscó algo entre los invitados, o a alguien y cuando no lo encontró, comprendió la verdad, el novio no iba a aparecer.
El dolor reflejado en su rostro fue tan intenso que tuve que bajar la cámara. Había cosas que simplemente no podían fotografiarse, porque hacerlo se sentía cruel, la mujer rompió a llorar.
Una de sus amigas la abrazó inmediatamente, otra la condujo de regreso hacia la habitación y el silencio que dejaron detrás fue peor que cualquier grito.
Mi teléfono vibró nuevamente, lo saqué del bolsillo, otro mensaje del propietario.
"Necesito el pago antes del fin de semana."
Perfecto, mi día seguía mejorando, guardé el teléfono con frustración, necesitaba aquel trabajo, las recomendaciones, que algo saliera bien por una vez.
Pero observando aquella boda desmoronarse frente a mis ojos, comenzaba a sospechar que la suerte no estaba precisamente de mi lado.
—Problemas.
Levanté la cabeza, Andrés estaba frente a mí. Otra vez, no lo había escuchado acercarse.
—Nada importante.
Su mirada descendió brevemente hacia el teléfono que acababa de guardar.
—Parecía importante.
—No tanto como la desaparición de tu hermano.
Una sombra parecida a una sonrisa apareció en sus labios, duró apenas un instante, pero fue suficiente para sorprenderme, porque hasta entonces había parecido incapaz de sonreír.
—Tienes razón.
—Lo sé.
Por primera vez pareció realmente divertido y aquello me desconcertó más de lo que debería.
—¿Siempre observas tanto a las personas? —preguntó.
—Soy fotógrafa. Es parte del trabajo.
—Entonces dime. ¿Qué has observado de mí?
La pregunta me tomó desprevenida, lo observé durante varios segundos.
—Pareces cansado.
—Eso es bastante obvio.
—También pareces alguien que carga con problemas que no le pertenecen.
La sonrisa desapareció y su silencio me confirmó que había acertado, dos horas después, la ceremonia fue cancelada oficialmente.
Los invitados comenzaron a marcharse, los músicos guardaron sus instrumentos, los organizadores desmontaban parte de la decoración.
Las flores seguían siendo hermosas, las luces seguían brillando, pero la magia había desaparecido.
Aquello ya no era una boda, era un fracaso elegante, Martina apareció junto a mí.
—¿Nos vamos?
Miré alrededor, parte de mí quería hacerlo, olvidar la carta, a Andrés, aquella familia llena de secretos. Pero otra parte no dejaba de preguntarme qué estaba ocurriendo realmente.
—Sí, creo que…
—Paula.
Me giré, Andrés caminaba directamente hacia mí, su expresión era muy seria. Algo en su mirada hizo que me sintiera nerviosa.
Cuando llegó frente a mí, mantuvo unos segundos de silencio, como si estuviera ordenando sus pensamientos, como si estuviera a punto de tomar una decisión importante.
—Necesito hablar contigo.
Fruncí el ceño.
—¿Sobre la nota?
—No.
—Entonces no entiendo.
Andrés sostuvo mi mirada y por primera vez, sentí una extraña sensación de advertencia, como si mi instinto intentara decirme algo.
—Necesito hablar contigo a solas.
—¿Por qué?
Su mandíbula se tensó.
—Porque tengo una propuesta que hacerte.
Mi corazón dio un pequeño vuelco, no entendía qué podía querer de mí, no entendía qué relación tenía yo con aquella familia, no entendía nada.
Pero una cosa quedó clara en ese instante, mi vida estaba a punto de complicarse mucho más de lo que imaginaba.
Pasé toda la mañana siguiente dando vueltas por la mansión. Andrés se había ido temprano, otra vez, no dijo a dónde, ya no preguntaba, habíamos llegado a un acuerdo, él no me mentiría si yo no le preguntaba, pero el silencio también era una forma de mentira, omitir no es mentir.La abuela Margarita desayunó en su habitación, un empleado me informó que no se sentía bien, tal vez el cansancio o el haber escuchado más de lo que debía el día anterior.Me quedé sola, la biblioteca me llamó, no era la primera vez que entraba allí, pero antes siempre estaba Andrés o algún empleado, esta vez podía mirar con calma.Los estantes iban del suelo al techo, libros antiguos, carpetas, cajas. Y en la esquina más alejada de la ventana, un mueble bajo con puertas de madera, me arrodillé y las abrí.Dentro había álbumes, muchos, forros de cuero gastado, páginas amarillentas, los tomé uno por uno, los hojeé con cuidado.Fotos familiares. Bodas, bautizos, cumpleaños, rostros que empezaba a reconocer. Andr
No dormí en toda la noche, cada vez que cerraba los ojos, veía la cara de Andrés al confesar que Álvaro estaba vivo, y que además, sabía en donde estaba, esa mezcla de alivio y terror.Cuando el sol se filtró por la ventana, me levanté con una sola idea en la cabeza, iba a enfrentarlo, necesitaba respuestas, no podía seguir así, con la incertidumbre carcomiéndome por dentro, bajé las escaleras decidida.Andrés estaba en la cocina, solo, con una taza de café en la mano y la mirada perdida en el jardín, no me escuchó llegar.—¿Andrés?Se giró, sus ojos tenían ojeras, tampoco había dormido.—Paula…—Necesito hablar contigo, podemos ir al Jardín, para que nadie nos escuche.—Claro, vamosAl llegar al jardín, no aguante mas, necesitaba explicaciones. —No voy a dejar que me esquives otra vez —dije, cruzándome de brazos—. Anoche me dijiste que Álvaro está vivo, ahora quiero saber dónde está y por qué lo escondes.—Te dije que no puedo.—No me sirve esa respuesta.—Es la única que tengo.Mi
El resto de la mañana lo pasé ensayando nuestra historia falsa con Andrés, nos sentamos en la biblioteca, frente a frente, como dos actores antes de un estreno. Él hacía preguntas y yo respondía. Luego yo hacía preguntas y él respondía. Repetimos una y otra vez hasta que las palabras sonaron naturales, casi reales.—¿Dónde fue nuestra primera cita? —preguntó él.—En un restaurante italiano, cerca de la plaza principal.—¿Qué pediste?—Lasaña. Tú, vino tinto y una ensalada que no tocaste.—¿Por qué no la toqué?—Porque no te gusta la lechuga, pero quisiste parecer saludable.Andrés soltó una risa corta.—Eso es tan específico que tiene que ser verdad.—Esa es la clave —dije—, los detalles pequeños hacen creíble una mentira.Me miró durante unos segundos.—¿Dónde aprendiste eso?—Los fotógrafos observamos, la gente miente todo el tiempo con sus caras, pero los detalles... siempre dicen la verdad.Guardó silencio, y por un instante, creí que iba a decir algo importante, pero el teléfono
No pude dormir, el mensaje seguía ahí, grabado en mi memoria como una quemadura. "Andrés no es quien parece."Le di vueltas al teléfono entre las manos hasta que el amanecer se coló por las rendijas de la cortina. ¿Quién lo había enviado? ¿Alguien de la familia? ¿El espía que dejó el sobre? ¿O era una trampa para sembrar dudas entre nosotros?Cuando el sol ya iluminaba el jardín, escuché un golpe suave en mi puerta.—Paula —la voz de Andrés al otro lado—. Mi abuela quiere verte.—¿Ahora?—En el desayuno, baja cuando estés lista.Sus pasos se alejaron y yo me quedé allí, con el corazón encogido y una pregunta que no me atrevía a hacerle.Bajé veinte minutos después, la abuela Margarita ya estaba sentada a la mesa del comedor, con una taza de té humeaba frente a ella. Me observaba por encima de sus gafas con esa media sonrisa que lo sabía todo.Andrés estaba a su derecha, con el periódico abierto, pero no le veía leer, sus ojos iban de mí a su abuela, como si calculara cada movimiento.
Último capítulo