Tres meses después.
Dhalia permanecía en reposo, recluida en esa habitación amplia pero asfixiante.
La ventana dejaba entrar un rayo tímido de luz, iluminando las sábanas blancas y frías.
Se sentía atrapada, inútil, como una planta en maceta que alguien mantiene viva solo por costumbre.
Su cuerpo estaba sano, pero su espíritu… cansado. Su vientre abultado, de casi cinco meses.
Escuchó el sonido de la cerradura y su corazón dio un salto. Lo conocía demasiado bien: el clic del metal, el crujir len