—¡Mia eres una…! —gritó Mario, la voz temblándole entre rabia y desesperación.
Quiso acercarse, con los puños apretados y la furia, latiéndole en las sienes, pero Aníbal fue más rápido.
Con un empujón firme, lo derribó al suelo. Mario cayó con un golpe sordo, mientras el aire parecía comprimirse a su alrededor.
—¡No la toques! —rugió Aníbal, su mirada fulminante cargada de fuego—. ¿Acaso no lo entiendes? ¡Ella me ama a mí! ¡Mi padre y mi madre se aman! ¡Nunca van a separarnos, y jamás permitiré