Abril salió de la habitación y alzó la mirada; sus ojos se encontraron con los de Amadeo, y un pequeño, pero sincero, destello de felicidad se dibujó en su rostro.
Él, sin perder un segundo, tomó suavemente su mano y le preguntó con voz cálida:
—¿Lista para ir a casa?
Abril asintió, un nudo de emoción en la garganta. Subieron al auto, el silencio entre ellos estaba lleno de comprensión, de años, de experiencias compartidas, de heridas sanadas y de amor que se había fortalecido con cada prueba.
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