Amadeo y Abril corrían a toda prisa, sus corazones latiendo con fuerza, el aire helado cortando su piel.
Cada paso era un golpe de adrenalina, cada respiración un recordatorio de lo cerca que estaban del peligro. Sin embargo, cuando pensaban que podían escapar, un hombre bloqueó su camino.
La pistola que sostenía brilló bajo la luz, y un escalofrío recorrió sus espinas dorsales. Era Mario.
—¡Suelta esa pistola! —gritó Amadeo, tratando de mantener la calma mientras su mirada se clavaba en el de s