Lejos de aquel lugar donde el horror se desataba, Aníbal vivía un instante que parecía eterno.
La luna de miel junto a Mía era un sueño cumplido.
El mar acariciaba la arena con olas suaves, y el viento cálido de la costa parecía bendecir cada caricia que se daban. Estaban tan enamorados, tan perdidos en su propio mundo, que nada parecía capaz de romper esa burbuja de felicidad.
Cenaban frente a la playa, iluminados por faroles que titilaban como estrellas terrenales. Sus risas se mezclaban con e