Amadeo y Ricardo llevaron a la mujer y a Benjamín con ellos, arrastrándolos a la fuerza hasta la mansión.
La noche había caído con un silencio inquietante, roto apenas por el crujido de las botas sobre el suelo húmedo. Nadie en la casa se atrevió a interponerse en su camino.
El destino de aquellos dos ya estaba marcado.
Los condujeron directamente al sótano, un lugar oscuro, apenas iluminado por una lámpara amarillenta que colgaba del techo.
El aire estaba impregnado de humedad y un olor metálic