Ricardo sentía su corazón latir con un dolor que lo desgarraba desde adentro.
Cada golpe de su pecho era un recordatorio de todo lo que estaba en juego: la vida de Dhalia, el amor que apenas había comenzado a florecer entre ellos, y la promesa que él mismo se había hecho de nunca dejarla sola.
Tenía miedo. Un miedo que le quemaba la garganta y lo dejaba sin aire, pero al mismo tiempo, un fuego lo impulsaba a seguir adelante.
No podía fallarle. No ahora.
Amadeo conducía con las manos firmes en el