El sol aún no termina de filtrarse con fuerza por las pesadas cortinas de terciopelo de mi habitación cuando el estruendo de la puerta abriéndose me sacó de un sueño profundo y extrañamente tranquilo. Por un segundo, mi instinto de loba me hizo tensar los músculos, lista para saltar de la cama y desgarrar la garganta de cualquier intruso, pero el aroma familiar y vibrante de Valerius inundó mis sentidos antes de que pudiera actuar.
_¡Arriba, cuñada! ¡Hoy es el gran día!_. Exclamó Valerius, ent