La puerta de mi despacho se cerró, pero el rastro de Iraida permaneció en el aire como una bofetada sensorial. Su aroma, se aferra a las cortinas, a mi piel y, maldita sea, a mi cordura. Me dejé caer en mi sillón, sintiendo el peso de la erección que todavía castiga mis pantalones.
Ha sido un movimiento arriesgado dejarla ir después de lo que acaba de pasar sobre mi escritorio, pero el honor y la estrategia dictan que mañana debe ser el día. Mañana, frente a los ojos de la corte, ella dejará