El aire en el despacho aún vibra con el eco de nuestros jadeos, un rastro invisible de deseo que se niega a disiparse. Observó a Iraida mientras se recompone, admirando la forma en que sus dedos recorren la tela de su vestido, ahora ligeramente arrugado por nuestra urgencia.
Tenerla así, a horcajadas sobre mi voluntad, había sido la experiencia más devastadora y, a la vez, gloriosa de mi existencia. Sus labios, que aún conservan ese brillo húmedo, saben a una mezcla pecaminosa de chocolate co