El aire en el despacho se ha vuelto tan denso que casi puede saborearse. Puedo sentir la lucha interna de Draven vibrando a través de sus palmas, que ahora apretan mis caderas con una mezcla de desesperación y cautela. Sus dedos se hunden en mi piel, marcando un territorio que su mente aún se niega a reclamar, pero que su cuerpo ya ha reconocido como propio.
Siento su dureza contra mi intimidad, una presión firme y palpitante que me hace arder. El contraste entre su habitual frialdad y el calor