La oscuridad del ático parecía más opresiva que nunca. La luz tenue de las lámparas, sumida en sombras proyectadas por las paredes de concreto, acentuaba la tensión que se respiraba en el aire. Viktor entró con paso firme, sus ojos estaban fríos como siempre, pero en ese instante había algo diferente. Su rostro, normalmente implacable, mostraba signos de una furia contenida. La situación había cambiado y no había marcha atrás. Alina, que lo observaba desde el rincón más alejado de la habitación