El auto se detuvo frente a la casa en las afueras de Munich. La ciudad alemana dormía, ajena a lo que acababa de suceder esa noche. Viktor estacionó sin una palabra, sus manos estaban firmes sobre el volante. Alina, sentada en el asiento del copiloto, se mantenía en silencio, mirando a través de la ventana como si el mundo exterior fuera irrelevante. Un peso la oprimía desde el interior, una angustia que no podía ser descrita. El miedo y la rabia la consumían, pero había algo más, algo profundo