La cena transcurrió con una suavidad casi irreal. El restaurante de ensueño donde Viktor la había llevado brillaba con una elegancia palpable. Las luces tenues iluminaban la mesa perfectamente dispuesta, y el aire estaba lleno del suave murmullo de conversaciones lejanas. Alina, aunque aún con la mente llena de dudas, no pudo evitar sentirse embriagada por el ambiente lujoso. Viktor, sentado frente a ella, mantenía esa fachada impasible, pero algo en su manera de mirarla, en la suavidad con la