Dejo el bolso en la mesilla y el arma escondida bajo la cartera.
Mi estómago ruge pero no es de hambre. Es por la imperiosa y simple necesidad de comer cuánta porquería haya en el bufete para bajar esta desazón que me trae trastocada.
El pulso aún no desacelera. Siento rabia, enojo, celos y ganas de llorar del coraje que me dio esa mujerzuela.
Mujerzuela.
Que bajeza la mía decirle así.
Ni siquiera sé porqué esto me afecta tanto. Porqué permito que me afecte de semejante manera.
Ciro es un cabr