De un fuerte puntapié, el Diablo desestabiliza la silla que ocupa Dante. El fornido y tatuado lameculos cae de rodillas al suelo y se desploma, todavía sumido bajo los efectos del sedante natural.
Su cara se estampa en el piso, queda lánguido, haciendo cuanto esfuerzo puede para aunque sea mover los dedos de la mano.
Es en vano.
Cualquier intento de ellos es en vano y lo será hasta que yo lo quiera.
—Mira mira... —mi voz es captada por los ojos verdosos de Gaultier que me siguen con desespero—,