Lucía entró en la oficina de Daniel con la gracia letal de una pantera que ha encontrado a su presa. Su rostro, esculpido por la tensión de las últimas horas, mostraba una gravedad que transformaba por completo su apariencia habitual. En sus manos con dos tazas de café, ya no era la asistente que se difuminaba en las sombras de los pasillos corporativos; su silueta se recortaba contra la luz grisácea del amanecer como la de una guerrera que ha decidido librar la batalla más importante de su vid