Dos metros cuadrados. Lucía había calculado mentalmente las dimensiones del ascensor, una jaula de metal que ahora se sentía como una trampa exquisita. Dos metros cuadrados donde fingir que no sentía el calor irradiando del cuerpo de Daniel, donde pretender que su proximidad, tan densa y envolvente, no la afectaba hasta lo más íntimo. Dos metros cuadrados donde mantener la compostura mientras el aire, ya pesado por el calor de la oficina, se volvía más denso que el mercurio, cargado con la prom