La mano de Daniel se movió, finalmente, rozando su mejilla con la delicadeza de quien toca un objeto sagrado. Su piel estaba ardiendo, y el contacto fue como una chispa en un barril de pólvora.
Lucía cerró los ojos, rindiéndose al momento. Esto está mal. Esto está muy mal. Él es mi jefe. Él es...
“Él es Marco.”
Cuando abrió los ojos, él estaba más cerca. Tanto que podía ver las pequeñas arrugas alrededor de sus ojos, las que hablaban de sonrisas genuinas y preocupaciones reales. Tanto que podía