Lucía lo encontró en un salón más apartado, un santuario privado donde la música se había convertido en un susurro caressante y las luces, apenas tenues, creaban sombras que danzaban como amantes sobre las paredes. El aire mismo parecía espeso, cargado de promesas no dichas y deseos que palpitaban como corazones desnudos.
Marco estaba allí, esperando. Solo. Con una copa en la mano que reflejaba las luces doradas como un caleidoscopio líquido. Su postura era relajada, pero había algo felino en l